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10 mayo, 2026 13:37

“Cada tres años el Estado se queda con un barco”: la radiografía de Solimeno sobre una industria al límite

Antonio “Tony” Solimeno no habla en abstracto. Habla con números. Con planillas mentales que arrastra desde hace décadas y con ejemplos concretos que sintetizan, mejor que cualquier informe técnico, el estado actual de la industria pesquera argentina. Para él, la ecuación es simple y brutal: presión fiscal elevada, costos crecientes, logística ineficiente, financiamiento inexistente y un Estado sin interlocutores claros. El resultado es una rueda productiva que gira cada vez más lento.

“El cálculo es sencillo: entre derechos de exportación y DUE, cada tres años le entrego al Estado un barco como el Luigi”, resume. No es una metáfora. Es una cuenta.

Solimeno conoce el detalle microscópico del negocio: cuántos pistones tiene trabajando en el mar, cuánto gasoil se lleva cada cajón de merluza hubbsi —“$10.447”— o qué implica exportar 70 millones de dólares bajo el actual esquema tributario. “Este año pagué 7% de retenciones más 2% de DUE. Son seis millones de dólares. Con eso podría encargar un barco nuevo, hacerlo en el país y dar trabajo a más de cien obreros navales todos los días”, plantea, sin rodeos.

Costos que asfixian y una cadena que se estira

La palabra que más repite es “trabado”. Para Solimeno, nada fluye. Ni la producción, ni la logística, ni el comercio. “Desde que pescás hasta que cobrás, hoy estás en 150 días. Antes un contenedor tardaba 21 días en llegar a Europa o Estados Unidos. Ahora sale cuando puede, llega cuando puede y descarga cuando quiere”, describe.

A eso se suma un mercado internacional más lento y fragmentado. Ventas que antes se cerraban en bloque hoy se ejecutan por partes, con entregas escalonadas que obligan a sostener stock, cámaras, financiamiento y espalda financiera. “¿Quién banca eso? Rawson es un buen ejemplo: cinco mil cajones por día en planta, noventa toneladas. Eso requiere espacio, frío y capital. Cuando la rueda va lenta, el desgaste económico es inmediato”.

El cuadro se completa con un tipo de cambio que, según su visión, quedó atrasado frente a la inflación. “Generamos dólares caros y se los regalan al turismo. Así es imposible competir”.

Sin interlocutores y sin agenda sectorial

Más allá de los números, Solimeno apunta a una falencia estructural: la ausencia de conducción política del sector. “No sé quién es el Secretario de Agricultura, no lo vi nunca. El Subsecretario de Pesca debería ser el puente para llevar estos problemas a la máxima autoridad, pero eso no sucede. En Nación y en Provincia pasa lo mismo: no se discuten los problemas de fondo”.

El diagnóstico es lapidario: la industria pesquera —y la productiva en general— no forma parte de las prioridades. “Venimos hablando de retenciones desde el gobierno de Macri, pasó Fernández y nadie hizo nada. Mientras tanto, cerraron 20 mil empresas y quedaron cientos de miles sin trabajo”.

En ese contexto, cuestiona debates que considera inconducentes. “¿Para qué una reforma laboral si no hay trabajo? En el puerto damos empleo todos los días: obreros navales, plantas, tripulaciones. Eso parece no importar”.

Mar del Plata, clúster en riesgo

Pese a todo, Solimeno no es fatalista. Cree que Mar del Plata aún tiene futuro como polo pesquero, industrial y comercial. “Es un clúster único: puerto, astilleros, reparaciones navales, plantas. Las toneladas siguen estando. El problema es el valor agregado y la capacidad de sostener empleo”.

Advierte, sin embargo, que el equilibrio es frágil. “El día que dependamos solo de la merluza, esto no se sostiene. Somos caros y no por los sueldos”. Un ejemplo basta: entrar a dique con un barco mediano cuesta, como mínimo, un millón y medio de dólares. “Este año gastamos diez millones en reparaciones navales y perdí dos mareas: un millón de dólares que no facturé”.

A eso se suman impuestos, cargas sociales y el pago de cuotas de merluza. “¿Qué barco chico tiene 300 mil dólares para pagar? No hablamos de millones, hablamos de 20 mil por mes. No lo juntan”.

El dato final es demoledor: en diciembre de 2023 la merluza valía $750 el kilo; dos años después, con una inflación del 170%, vale $900. En dólares, apenas 0,61 centavos. “No hay competitividad posible”.

Langostino: orden, cupos y un reparto inevitablemente conflictivo

En cuanto al futuro del langostino, Solimeno coincide en la necesidad de avanzar hacia un ordenamiento y una cuotificación. “Si cada uno pescara con su permiso y se aplicara la ley, gran parte del problema estaría resuelto”.

Pero advierte que el reparto será complejo y dejará heridos. “La flota de Rawson depende casi exclusivamente del langostino. Si se lo sacás, ¿a qué van? A la merluza, con costos todavía más altos”.

Su esquema ideal plantea límites claros: no más de 40 mil toneladas para Chubut, 30 mil para fresqueros, al menos 100 mil para congeladores —“son cien barcos y con menos no son viables”— y un cupo provincial a distribuir. “Va a ser una discusión dura, va a correr mucha agua bajo el puente”.

Respecto al período histórico para calcular los cupos, propone un promedio amplio. “Ocho mejores años puede ser una foto razonable. Cualquier otro criterio va a profundizar el conflicto”.

El cierre no es optimista ni pesimista: es realista. “Hoy hay demasiadas variables en contra. Cuando nada fluye, la industria se desgasta. Y una industria desgastada deja de invertir, deja de generar empleo y empieza a achicarse. Eso es lo que está pasando”.

Fuente Revista Puerto

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